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Migración de la ballena jorobada

Migración de la ballena jorobada

Por 200 años se mantuvo como uno de los grandes misterios de las ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae). Se sabía que esta, una de las siete poblaciones de ballenas que habitan el Pacífico Sur, se alimenta durante el verano en el oeste de la Península Antártica y en el sur de Chile y que migra a aguas tropicales desde el norte de Perú hasta el centro de Costa Rica, en la temporada de reproducción.

De las que se reproducen en Ecuador, por más de dos siglos se ha conocido que tienen sus zonas de alimentación en aguas de la Antártica, pero no cuáles eran las rutas ni cuánto tiempo empleaban para cruzar los 8.000 kilómetros que separan a ambos territorios. Esto dio un vuelco gracias a una investigación desarrollada por el biólogo Fernando Félix, del Museo de Ballenas de Salinas, en la provincia de Santa Elena, y Héctor Guzmán, del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales con sede en Panamá, que será publicada como un artículo científico entre octubre y noviembre próximos por la revista especializada Aquatic Mammals, de la Asociación Europea para los Mamíferos Acuáticos.

El trabajo hace un análisis del seguimiento de las ballenas jorobadas marcadas con transmisores satelitales en Ecuador durante su temporada de reproducción (apareamiento, alumbramiento y la primera etapa de la crianza).

Félix destaca que antes de este estudio el único dato que se tenía sobre la migración de las ballenas jorobadas, que proviene de avistamientos en las costas de Chile y Perú registrados en los últimos 40 años, indicaba que viajaban a lo largo de la costa. Su estudio hace una comparación entre los nuevos tracks (las vías) que registraron de las ballenas y esos avistamientos. De esta manera presenta resultados más precisos; aunque el documento concluye que posteriores investigaciones, con una muestra más grande de ejemplares con rastreadores, serán necesarias para reforzar la información sobre las rutas migratorias de esta especie.

Entre agosto y septiembre del 2013, él y Guzmán colocaron rastreadores satelitales a 20 de estos ejemplares en Salinas. Seis iniciaron la migración y solo uno pudo ser seguido hasta la Antártica. “De Ecuador llegó hasta el norte de Perú, después la perdimos y apareció en la Antártida (aproximadamente 54 días después y se la siguió por ocho días más). Pero tenemos una ballena a la que seguimos desde la mitad de Perú hasta la mitad de Chile (ver mapa). Vimos ahí claramente la ruta que sigue en aguas abiertas. Fueron cerca de 4.000 km”, dice Félix.

Por este motivo, el nuevo estudio señala que solo las madres con crías, que representan cerca del 25% de la población de su especie, toman la ruta costera, que es la más larga. Los adultos sin crías, en cambio, optan por la ruta oceánica y más corta. Las madres nadan más despacio y es posible que prefieran esta vía para evadir a predadores como las orcas. Por esta ruta, además, pueden comer, sobre todo a lo largo de la costa de Perú y de Chile, ambas con una alta presencia de anchovetas y sardinas. Aunque durante el invierno estos cetáceos subsisten de su reserva de grasa, al parecer estarían comiendo en el camino hacia su sitio de alimentación porque su demanda energética es mayor al dar de lactar. Otras, en cambio, están preñadas.

“Eso no se conocía porque había pocos registros en la zona costera de Ecuador, de Chile y de Perú”, comenta Félix, y este es un tema “muy relevante porque, adicionalmente, la zona costera es donde están concentradas las actividades humanas, como la pesca, el turismo, y están más expuestas... son más vulnerables”.

Los datos proporcionados por este nuevo estudio aportarán a la conservación de la especie que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza ubica en la categoría de preocupación menor. Félix señala que ahora se podrán cartografiar mapas de distribución de estas ballenas para tomarlos en cuenta para la pesca de altura o cualquier otra actividad en aguas oceánicas. El artículo, dice, también es un nuevo elemento de aporte para los planes de manejo que se deben elaborar para realizar todo tipo de intervención que tiene un impacto en el ambiente y en el ecosistema. “Esto ayuda, sin duda, a proteger a las ballenas, sobre todo porque ahora conocemos no solamente la ruta, sino también la época en la que están. Entonces, se puede planificar, por ejemplo, hacer una intervención en una determinada área, pero en la época en la que no estén las ballenas”, comenta.

El estudio revela, además, que la velocidad de las ballenas durante la migración es entre 65 y 160 km por día, siendo la velocidad de las madres con crías el 30% menor. Se estima que el tiempo de migración empleado por las ballenas sería de unos 50 días en el caso de los adultos sin crías y de hasta 70 días en el caso de las madres con crías. Al año recorren 16.000 km. Félix adelanta que la información que se obtuvo de las catorce ballenas jorobadas restantes servirá para una futura y reveladora publicación sobre el uso de hábitat que hacen estas ballenas en la zona costera de Ecuador en su temporada de reproducción.

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