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Vicios y virtudes del turismo

Vicios y virtudes del turismo

Todos somos turistas. No en vano, los viajes y el turismo representan uno de los sectores más importantes de la economía global: más del 10 % del PIB mundial y el 8,3 % del empleo del mundo. Por ejemplo, en 2007, 231 millones de personas trabajaban en la industria turística.

Es decir, 1 de cada 12 puestos de trabajo en el mundo, según el World Travel and Tourism Council, “Facts and Figures: Historical perspective of World Tourism”, de 2006. Las virtudes económicas o crematísticas del turismo, pues, están meridianamente claras. Pero ¿y los vicios? ¿Qué consecuencias negativas acarrea tamaño volumen de turismo?

Orígenes del turismo

Desde la Antigüedad, ha existido la idea de viajar y hacer turismo (las familias romanas acomodadas y los funcionarios del Gobierno ya visitaban lugares de veraneo en la costa de Pompeya y Herculano para refugiarse del cálido verano), aunque la primera agencia de viajes no nació hasta 1845.

Es decir, que el viaje como forma puramente de ocio, de placer, tardó en llegar bastantes siglos. De hecho, la propia raíz etimológica de “viaje” en inglés (travel), procede del francés, “trabajar” (travail). Hasta que no llegaron los medios de transporte rápidos, viajar era más un riesgo que una aventura benévola. Desde entonces, los viajes por placer no han dejado de crecer, tal y como explica Jeremy Rifkin en su libro La civilización empática:

La industria creció a un ritmo estable a lo largo del siglo XX y despegó con la aparición de los viajes baratos en avión a finales de la década de 1950. En 1950, las llegadas de turistas internacionales contabilizaban 25 millones de personas. En 1980, el número había saltado hasta los 286 millones. En 2005, 806 millones de personas realizaron viajes internacionales. La economía turística y de viajes más importante es la de la Unión Europea, con un 35 % de la cuota de mercado global.

El reverso tenebroso

Tal magnitud económica también posee un reverso tenebroso. Un bailoteo de precios que recuerda a un zoco de Fez, una extenuación de los nombres y una quejumbre perpetua acerca de la destrucción de la virginidad de los lugares intocados.

El propio Rifkin también critica este crecimiento desaforado de turismo global, ubicuo y barato:

transforman la experiencia en una cuestión comercial de naturaleza explotadora, una especie de entretenimiento propio de voyeurs en el que la población nativa y su cultura se convierten en un bien comprable para satisfacer la búsqueda hedonista de los primeros. La relación entre turista y nativo se ve reducida a un “comercio experencial” neocolonial, una experiencia pagada en la que la cultura huésped se transforma en el dramático telón de fondo en el que una pequeña parte de la población se convierte en actores pagados, cuya tarea consiste en proporcionar entretenimiento remunerado. La cultura nativa se trivializa y se degrada, prostituyéndose (si se quiere) para satisfacer los caprichos de aquellos que pueden permitirse ser complacidos.

Por si esto fuera poco, muchas culturas nativas empiezan a estar desplazadas de sus propios tesoros nacionales. Esto no significa que yo mismo me sienta extranjero cuando paseo por las Ramblas de Barcelona, totalmente acondicionadas para el turista, o que paseando por el centro de Praga en realidad me sienta en un decorado mercantilista (que también), sino que playas, cordilleras montañosas y bosques se privatizan en aras de servir como resorts de veraneo del visitante acomodado.

Los profesores de gestión turística Brian Archer y Chris Cooper citan el ejemplo de la línea costera de gran parte del Mediterráneo en su estudio “The Positive and Negative Impacts of Tourism”, publicado en Global Turism (2005): “los hoteles han adquirido casi la mitad de la costa para uso exclusivo de sus visitantes y donde, en consecuencia, a la población local se le niega el acceso con facilidad”.
Estas críticas no son nuevas. Ya Thomas Cook, padre del turismo moderno, fue objeto de críticas por sus paquetes turísticos, que parecían estar dirigidos a mirar y reírse de los extranjeros.

Con todo, seguiremos viajando, seguiremos hollando parajes intocados, así que sería mejor hacerlo con espíritu verdaderamente viajero: con respeto, preguntando antes de fotografiar a personas (por muy exóticas que nos parezcan), celebrando las culturas que nos salten al paso, mezclándonos con los locales, pasando sin hacer ruido, huyendo de los paquetes demasiado artificiales y de los resorts clónicos sin apenas interacción con el exterior. Y finalmente, despreciando la idea de que lo que está más lejos siempre es mejor: a veces lo más sorprendente está a la vuelta de la esquina. Sólo hay que saber mirar para incluso sorprenderse con el jardín que tenemos delante de casa.

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