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Vamos a una travesía por las antiguas islas Galápagos: Un crucero Darwiniano

Vamos a una travesía por las antiguas islas Galápagos: Un crucero Darwiniano

Hace cinco millones de años, la roca fundida emergió en el ombligo del mundo. Las placas tectónicas hicieron de este punto en mitad del Pacífico, uno de los dos únicos archipiélagos con islas en ambos hemisferios.

El resultado fue un paraíso de biodiversidad única fruto del aislamiento y el paso de las generaciones. Hoy en día, las maravillas que inspiraron la Teoría de la Evolución de Darwin, atraen a 200,000 turistas al año a unas islas cuya población es de unos 30,000. La UNESCO las reconoció como Patrimonio de la Humanidad en 1987 por su valor inmesurable.

A través del tiempo, el fuego se fue moviendo al oeste, dejando detrás un rosario de islas e islotes quedando a la merced de la erosión de los elementos. Las partes más rocosas del archipiélago esperan a desaparecer bajo las mismas aguas que los vieron emerger hace unos ayeres.

Un 97% de las islas son parque nacional y solo pueden visitarse con guías oficiales. Teniendo en cuenta que concentra más fauna que gente, para poder poner un pie en sus islas más antiguas, la mejor opción es subirse a bordo de un barco.

Gemelas costeras

Para estar en contacto con el mundo, deberás cruzar la isla de Baltra. Es responsable de recibir a la mayor parte de los turistas que llegan desde el Ecuador continental. Diferentes líneas de autobuses conectan de manera regular el aeropuerto con los embarcaderos de donde parten los barcos hacia el resto del archipiélago.

Podrás zarpar en La Pinta desde Baltra rumbo a Plaza Sur, uno de los dos islotes gemelos cercanos a las cosas de la Isla Santa Cruz. La lantana de Galápago tiene tonos rojizos que tapizan los suelos rocos y áridos de este montículo costero. Al inicio, parecería que la única compañía de estas plantas endémicas son los robustos cactus que rompen la línea del horizonte.

Uno de los bienes más preciados en el archipiélago es la tierra. No está permitido y además no hace falta salirse del sendero que sigue la costa para cruzarse con el quehacer de las iguanas terrestres de las Galápagos, endémicas del lugar y de color amarillo y azulado. A pesar de tener una apariencia de monstruo mitológico, estos afables reptiles multicolor en eterna sobremesa no sacan el genio cuando un león marino les pasa por encima en camino a la mejor roca para tomar el sol.

Los vivos acantilados

La postal de leones marinos disfrutando del solo y rodeados de iguanas está en repetición en la siguiente parada. La Pinta, que tiene modestas dimensiones, avienta el ancla en las costas de la Isla Santa Fe. Un par de lanchas están encargadas de llevar a los turistas ávidos de fauna y flora hasta tierra firme. El mundo marino y el terrestre, se unen en los pequeños acantilados que delimitan el antiguo pedazo de tierra.

Por las mañanas, la aventura comienza con un paseo a lo largo de la costa rocosa. Las estrellas de las islas son las iguanas terrestres de Santa Fe, que son primas de las anteriores pero con un mayor tamaño, tonalidades más pálidas y espinas dorsales más largas. Este peculiar habitante, convive con iguanas marinas y ejemplares híbridos que resultan de amoríos entres las versiones marinas y terrestres de estos reptiles.

Pero la convivencia entre el mundo acuático y el terrestre va mucho más allá de las iguanas. En las aguas de una de las pocas bahías someras, se pueden encontrar tortugas verdes, rayas e infinidad de peces tropicales. Es un lugar ideal para el snorkel, también lo es para las guarderías de leones marinos. Antes de regresar al barco, siempre hay tiempo de enamorarse y ver a los cachorros rebozándose en la arena o persiguiendo las colas serpenteantes de las iguanas marinas.

Un paseo volcánico

Los vientos y el salitre son evidencia de la edad de unas islas condenadas a desaparecer en el este y a renacer en el extremo oeste del archipiélago. En el extremo sureste de Galápagos descansa Española, la segunda isla más antigua del conjunto y, probablemente, la más enigmática.

Es de mayor tamaño que las dos anteriores y hay oportunidad de caminar isla adentro. Un sendero conecta la costa con los vestigios volcánicos del corazón de la isla. Sus laderas tienen tonos rojizos, como parajes marcianos, albergan infinidad de colonias de gaviotas y piqueros de aletas azules y rojas.

Debido al aislamiento y al poco contacto con nuestra especie, la fauna de las Galápagos ignora la presencia humana. Esto hace que el paseo por la isla sea un documental de naturaleza en vivo y en directo. El sendero te dirigirá hasta uno de los extremos de la isla, Punta Suárez. En este lugar rocoso estarás rodeado por cientos de gaviotas tijereta, fragatas y los reyes de los palmípedos, los albatros.

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